Crónicas de Magdalite

lunes, 11 de diciembre de 2017

DIAS DEL FUTURO PASADO



Podrían haberse denominado estas líneas “Lo que pudo haber sido y no fue” en lugar del título de un  histórico álbum de Moody Blues. La cuestión es reflejar cómo, de manera aparentemente cuasi “conspiranoica”, Motril ha dejado pasar, desde la revolución industrial y hasta nuestros días, todas y cada una de las oportunidades que ha tenido para coger el tren del progreso. Y esa indolencia, desde mi punto de vista, la achaco a diversos factores, tanto internos como externos. De partida Motril nunca ha tenido un proyecto de futuro a largo plazo para la ciudad. El manido debate acerca de si ciudad industrial, ciudad turística nos ha tenido ensimismados bizantinamente discutiendo entre galgos y podencos. La base de todo desarrollo social y económico son las comunicaciones, y ahí arranca la cuestión. Cierto es que las características geográficas de la comarca son las que son, y si bien nos permiten disfrutar de un micro clima privilegiado, también nos condicionan la comunicación, sobre todo hacia el norte. Pero es igual de cierto que los sucesivos poderes públicos, durante más de un siglo han obviado, con la excusa, cierta en términos puramente aritméticos, de que la realización de comunicaciones con la costa era demasiado cara. Pero, caramba, más de cien años da para repartir costes. Es ya casi un chiste el asunto del ferrocarril. Objeto de cambalache y embustes electorales durante el siglo XX por parte de políticos de toda índole. Lo último en este aspecto ha sido el proyecto de corredor mediterráneo, que como sabemos, hace una pirueta léxico-geográfica, y  por arte de birli birloque, salta de Almería al Campo de Gibraltar, de tal manera que abduce el Mare Nostrum granadino-malagueño. De las comunicaciones para el tráfico rodado tenemos el modelo muy cercano en el tiempo, apenas hace cuatro días disponemos de las autovías de la famosa te invertida. Bueno, ya están al menos.
         Centrémonos ahora en el Motril que pudo ser y no fue, como decía al principio. Como decía en mi anterior artículo, la falta de reinversión de la riqueza generada en la época de entre siglos, tuvo como consecuencia el anquilosamiento tanto de la economía como de la sociedad motrileña. Una agricultura basada en el monocultivo de la caña de azúcar, cuya parte mollar de los beneficios, o plusvalías, se iba lejos de ésta tierra,  relegó a Motril a ser tan solo receptora de salarios de supervivencia. De ésta manera el tejido social de la ciudad no se incorporó al progreso con una participación nula tanto en las decisiones sobre el futuro de Motril como en la mejora de las condiciones de vida de sus ciudadanos. Y podrá pensarse que Motril ha crecido mucho durante el siglo XX. Claro que sí, la implantación de la fábrica de papel fue vital, una plataforma de salvamento y de llegada de capital humano hasta nosotros.
         Y llegó la época del desarrollismo, coincidente con la fábrica de papel por cierto. En éste aspecto Motril ha carecido de un proyecto integral de desarrollo. Es decir, nunca hemos sabido que Motril queríamos, si un Motril industrial, si uno turístico,- ¡Ay, Concha, si Javier de Burgos nos hubiera puesto en Málaga! – si una ciudad de servicios… Esa indecisión acerca de qué tipo de ciudad seríamos, nos hizo andar pillando moscas, mientras zonas aledañas, que si supieron lo que querían, se convertían, bien en la despensa agrícola de Europa o bien en el escaparate de sol y playa más importante del continente.
        

Aquí dejo este artículo, a modo de diagnóstico. En posteriores “entregas” intentaré aportar mi grano de arena para la sanación de nuestros males motrileños.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Los sanitex y el progreso


        Forma parte de la conciencia colectiva de Motril la aseveración, no carente de veracidad, de que todos los males que han aquejado y aquejan a la ciudad, provienen de la inquina y dejación de nuestros vecinos de la capital provincial. Pero ese anquilosamiento de nuestra ciudad no sólo es achacable a otros, sino que dentro de nuestra forma de ser está, en gran parte, la razón de ser del atraso local.
      En efecto, el motrileño ha sido, y sigue siendo, acomodaticio, pusilánime en su actitud, ante la adaptación a los nuevos tiempos. Aquella frase unamuniana del “que inventen ellos” le viene como anillo al dedo a la idiosincrasia local. En el pasado, la pequeña y mediana burguesía agrícola, frente a planteamientos de modernización, de ampliación de campos de actuación, decía aquello de “yo recogiendo mis papas, ya tengo bastante” o esperando la liquidación de la temporada de cañas por la fábrica.
      Desde la época industrial del XIX, y para el capital inversor azucarero, Motril no era más que un campo de cultivo, un medio de producir beneficios, ya que ese capital era externo a la ciudad, bien catalán o madrileño, por lo que ni siquiera dejaron aquí beneficio patrimonial alguno, me refiero a patrimonio urbanístico, y mucho menos reinversión en el lugar.
      Si nos acercamos a la época del desarrollismo, Motril perdió otro de los muchos trenes que ha dejado pasar. Salvo meritorias excepciones, como la implantación de la fábrica de papel, impagable aportación del alcalde Escribano, los motrileños, siempre de espaldas al mar, obviaron las inmensas posibilidades de nuestra costa, el eterno diamante sin pulir.
      Ya en los tiempos presentes, y en relación al comercio, se ha tenido y se tiene una visión localista, casi papanatas, de la competencia y la expansión. El comercio local pone el grito en el cielo ante el “peligro” de ubicar en la ciudad algún gran centro comercial. Y ¿qué ha pasado? Pues que no se pueden poner puertas al campo. Así que nos han dado sendas bofetadas en los carrillos, a escasa media hora de Motril plantan un Ingenio en Torre del Mar y una Nevada a las puertas de Granada que nos deja helados. Y ya aquella escapada anual del día de los terremotos para comprar en las rebajas, se convierte en un hábito casi semanal. Y aquí mirando a poniente.
      Remedando de nuevo a Unamuno puedo decir que me duele Motril, me duele su indolencia, su pasotismo, su falta de visión y su catetez vital. Por eso no me vale que se achaquen a otros nuestros males, y no soy optimista en esa sensación. Deseo equivocame.