Crónicas de Magdalite

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viernes, 15 de septiembre de 2017

Los sanitex y el progreso


        Forma parte de la conciencia colectiva de Motril la aseveración, no carente de veracidad, de que todos los males que han aquejado y aquejan a la ciudad, provienen de la inquina y dejación de nuestros vecinos de la capital provincial. Pero ese anquilosamiento de nuestra ciudad no sólo es achacable a otros, sino que dentro de nuestra forma de ser está, en gran parte, la razón de ser del atraso local.
      En efecto, el motrileño ha sido, y sigue siendo, acomodaticio, pusilánime en su actitud, ante la adaptación a los nuevos tiempos. Aquella frase unamuniana del “que inventen ellos” le viene como anillo al dedo a la idiosincrasia local. En el pasado, la pequeña y mediana burguesía agrícola, frente a planteamientos de modernización, de ampliación de campos de actuación, decía aquello de “yo recogiendo mis papas, ya tengo bastante” o esperando la liquidación de la temporada de cañas por la fábrica.
      Desde la época industrial del XIX, y para el capital inversor azucarero, Motril no era más que un campo de cultivo, un medio de producir beneficios, ya que ese capital era externo a la ciudad, bien catalán o madrileño, por lo que ni siquiera dejaron aquí beneficio patrimonial alguno, me refiero a patrimonio urbanístico, y mucho menos reinversión en el lugar.
      Si nos acercamos a la época del desarrollismo, Motril perdió otro de los muchos trenes que ha dejado pasar. Salvo meritorias excepciones, como la implantación de la fábrica de papel, impagable aportación del alcalde Escribano, los motrileños, siempre de espaldas al mar, obviaron las inmensas posibilidades de nuestra costa, el eterno diamante sin pulir.
      Ya en los tiempos presentes, y en relación al comercio, se ha tenido y se tiene una visión localista, casi papanatas, de la competencia y la expansión. El comercio local pone el grito en el cielo ante el “peligro” de ubicar en la ciudad algún gran centro comercial. Y ¿qué ha pasado? Pues que no se pueden poner puertas al campo. Así que nos han dado sendas bofetadas en los carrillos, a escasa media hora de Motril plantan un Ingenio en Torre del Mar y una Nevada a las puertas de Granada que nos deja helados. Y ya aquella escapada anual del día de los terremotos para comprar en las rebajas, se convierte en un hábito casi semanal. Y aquí mirando a poniente.
      Remedando de nuevo a Unamuno puedo decir que me duele Motril, me duele su indolencia, su pasotismo, su falta de visión y su catetez vital. Por eso no me vale que se achaquen a otros nuestros males, y no soy optimista en esa sensación. Deseo equivocame.